En 1852 se hundió el HMS Birkendhead. 

Ese suceso estableció una conducta honorable en el mar. El capitán del barco transportaba soldados, en el cual iban abordo mujeres y niños, a quienes decidieron salvar primero pese a que la demás tripulación se conducía a su desenlace fatal. 

Desde entonces se dice que: “Capitán se hunde con su barco”. Para muestra un botón: Edward J. Smith, se hundió con el Titanic. 

Esta conducta honorable no se ha reproducido algunas veces. El evento más cercano es el trágico accidente del crucero Costa Concordia, del cual su capitán saltó a un bote salvavidas, aunque quedaran atrapadas más de 100 personas, muriendo 32. 

Francesco Schettino, capitán del Costa Concordia, alegó que cayó al bote salvavidas cuando el crucero se inclinó fuertemente. 

Cuestionable situación, habrá que evaluar el juicio que enfrenta Schettino.



Desde este punto de vista, saltar del barco es una conducta desleal, arbitraria y cobarde. Por supuesto que en la vida real nadie quiere que el capitán muera si puede salvarse al concluir con la evacuación de los demás tripulantes. Pero el acto, casi heróico, es signo de la cortesía llevada a las últimas instancias, incluso al enfrentarse a la muerte. 

El concepto de “Capitán se hunde con su barco”, se coló entre los principios y valores que atesoran los seres humanos. ¿Hasta qué punto una persona es capaz de cederle su salvavidas a alguien más? aunque esta persona sea desconocida. 

El “sálvese quién pueda” se terminó de ajustar entre las exclamaciones cuando una situación está mal. En este caso hablamos de una tripulación en la que no hay un líder, un capitán un encargado de la situación general. 

“Sálvese quien pueda” lo debería exclamar uno de los tripulantes del navío, porque ¿qué podríamos esperar del capitán corriendo por los pasillos alzando la voz con esta consigna?

Un valeroso capitán, solvente de sus actos, da la cara y se aferra al timón de su barco hasta que el agua le llega al cuello. En ese momento las caras de los navegantes girarán su cabeza hacia el atalaya del barco y suspirarán por el valiente capitán que enfrentó su destino y que jamás regresó a la dársena pisando tierra como un cobarde.

Y así se oía ese día en los pasillos de Canal Antigua: “¡Sálvese quien pueda!”